Sobre Hugo, los quince años que convierten a alguien en casa y la importancia de elegir muy bien quién se sienta en primera fila de tu vida.
Por Raisa
Hay amigos.
Hay amantes.
Hay familia.
Y luego existe una categoría extraña, preciosa y bastante difícil de explicar: las personas con las que nunca te casaste y, sin embargo, llevan media vida cumpliendo contigo unos votos que nadie pronunció.
En lo bueno y en lo malo.
En la salud y en la enfermedad.
En la riqueza y en la pobreza.
Cuando eres maravillosa.
Y cuando eres, objetivamente, bastante difícil de defender.
Esos amigos también son matrimonio.
Hugo es el mío.
Nos conocimos hace unos quince años en una gala Michelin.
Yo era prácticamente una niña.
Él ya era un caballero.
Y no utilizo esa palabra a la ligera.
Porque con los años he aprendido que un caballero no es el hombre que te abre una puerta, te aparta una silla o sabe qué vino pedir.
Un caballero es el que no utiliza tu vulnerabilidad contra ti cuando ya sabe dónde te duele.
El que puede verte preciosa y hecha mierda.
El que conoce tus luces sin enamorarse de ellas y tus sombras sin salir corriendo.
El que no necesita poseerte, rescatarte ni cambiarte para quererte bien.
Y Hugo ha sido eso durante quince años.
LAS PERSONAS QUE ELEGIMOS TAMBIÉN NOS CONSTRUYEN
Jim Rohn ha sido uno de mis grandes maestros. Maestro de maestros.
Hay una frase suya que llevo años recordando:
“You are the average of the five people you spend the most time with.”
— Jim Rohn
Te conviertes, en cierta medida, en la media de las cinco personas con las que más tiempo compartes.
Y cuanto más vivo, más seria me parece esa idea.
Porque no solo elegimos amigos.
Elegimos ecosistemas.
Elegimos las conversaciones que van entrando en nuestra cabeza.
Las voces que escucharemos cuando dudemos.
Las personas a las que llamaremos antes de tomar una decisión importante.
A quienes permitiremos decirnos:
adelante.
O:
ni se te ocurra.
Elegimos quién celebrará nuestras locuras.
Y, todavía más importante, quién tendrá permiso para detenernos cuando nuestra locura deje de ser libertad y empiece a ser estupidez.
Por eso, si alguna vez quieres saber algo de una persona, quizá no deberías preguntarle solamente qué ha conseguido.
Mira también quién se sienta alrededor de su mesa.
Quién puede llamarla a cualquier hora.
Quién conoce la versión que no aparece en Instagram.
Quién tiene suficiente confianza para decirle la verdad.
Y entonces me acuerdo de Hugo.
Porque Hugo puede escucharme hablar durante una hora.
Literalmente.
Una hora.
Sin interrupción.
Yo en modo loro amazónico con tres cafés y una crisis existencial.
Y cuando finalmente aparece un pequeño milagro y me callo, él puede preguntarme:
—¿Qué postura quieres que ocupe? ¿Quieres que te escuche y no diga nada o quieres que te diga lo que pienso, a porta gayola y sin filtro?
Eso es amor.
Del bueno.
Y me parece una de las preguntas más inteligentes que alguien puede hacerte.
Porque no siempre necesitamos consejo.
A veces necesitamos testigo.
No siempre queremos soluciones.
A veces solo necesitamos un lugar seguro donde derrumbarnos durante sesenta minutos sin que nadie intente reconstruirnos mientras todavía estamos cayendo.
Pero otras veces sí.
Otras veces necesitas a alguien que te mire a los ojos y te diga:
Raisa, no.
Y entonces comienza la segunda especialidad de Hugo.
Decirme la verdad.
NO QUIERO AMIGOS QUE ME DEN SIEMPRE LA RAZÓN
Eso sería comodísimo.
Y peligrosísimo.
Quiero personas que sepan cuándo abrazarme y cuándo ponerme los pies en la tierra.
Personas que puedan aplaudirme con toda su alma y cinco minutos después decir:
esto que estás haciendo es una gilipollez.
Porque la amistad adulta no consiste en aprobar todas las decisiones del otro.
Consiste en que el desacuerdo no retire el amor.
Hugo me escucha tan bien como me habla.
A partes iguales.
Tan bien que, literalmente, a veces tengo que tomar notas.
En estos quince años me ha visto acertar.
Equivocarme.
Enamorarme.
Desenamorarme.
Volver a empezar.
Volver a equivocarme.
Creer que esta vez tenía clarísimo lo que estaba haciendo cuando claramente no tenía ni puta idea.
Y ahí estaba él.
A veces para decir:
adelante.
A veces:
espera.
Y algunas veces para pronunciar una de esas frases que deberían bordarse en punto de cruz y heredarse de generación en generación:
—No compres un local.
Gracias, Hugo.
Solo con esa probablemente ya hayas amortizado quince años de amistad.
LOS AMIGOS NO ESTÁN SOLO PARA RECOGERTE
También están para recordarte quién eres cuando se te olvida.
Hugo ha recorrido el mundo para verme.
Me ha visto llorar durante una hora entera.
Me ha regañado.
Me ha celebrado.
Me ha empujado.
Me ha parado.
Me ha devuelto a tierra cuando yo ya estaba construyendo otro aeropuerto en las nubes.
Y nunca ha intentado convertirme en una mujer más fácil de querer.
Esto último me importa muchísimo.
Porque hay personas que dicen amarte cuando, en realidad, aman la versión de ti que menos les incomoda.
La que habla menos.
La que arriesga menos.
La que pregunta menos.
La que vuela bajito.
La que cabe cómodamente dentro de su idea de cómo deberías ser.
Y luego existen las otras.
Las que pueden mirarte entera y decir:
sé perfectamente quién eres.
Y quedarse.
Gracias por quererme libre.
Salvaje.
Leal.
Contradictoria.
Intensa.
Por llamarme pija, chini, gitana y cualquier otra clasificación sociológica creada exclusivamente para tocarme las narices.
Gracias por no domesticarme.
Pero también —y esto es todavía más importante— por no confundirme jamás libertad con ausencia de responsabilidad.
Porque querer libre a alguien no significa dejar que se estrelle mientras tú haces palmas.
ARISTÓTELES YA LO SABÍA HACE MÁS DE DOS MIL AÑOS
En el Libro VIII de la Ética a Nicómaco, Aristóteles dedica todo un análisis a la amistad y comienza con una afirmación demoledora:
“Without friends no one would choose to live, though he had all other goods.”
— Aristotle, Nicomachean Ethics
Sin amigos, viene a decir, nadie elegiría vivir aunque poseyera todos los demás bienes.
Hace más de dos mil años.
Y seguimos aquí intentando entender lo mismo.
Puedes tener éxito.
Dinero.
Una casa preciosa.
Viajes.
Reconocimiento.
Una carrera.
Una pareja.
Miles de personas siguiendo lo que haces.
Puedes incluso conseguir todas aquellas cosas que un día escribiste en una lista pensando que aquello sería “haber llegado”.
Pero cuando se te rompe algo por dentro a las tres de la tarde de un martes cualquiera, nada de eso puede contestar al teléfono.
Una persona sí.
Y quizá por eso algunas amistades constituyen una forma extraordinariamente sofisticada de riqueza.
No aparecen en ningún extracto bancario.
Pero prueba a perderlas.
HAY UNA FORMA DE AMAR QUE NO NECESITA SABERLO TODO
Una de las cosas que más valoro de mis grandes amistades podría resumirse así:
Jamás me mientas.
Pero tienes derecho a no contarme toda la verdad.
Parece una contradicción.
No lo es.
La confianza no consiste en entregar a otra persona las escrituras completas de tu intimidad.
Amar no otorga derecho de acceso ilimitado.
Puedes decir:
Esto todavía no puedo contártelo.
Necesito tiempo.
No quiero hablar de esto.
Y el amor sano contesta:
Vale.
Pero sigo aquí.
Eso también es respeto.
Eso también es lealtad.
Eso también es amistad.
No necesito saber cada habitación de las personas que amo.
Me basta con saber que cuando me abran una puerta, lo que encuentre detrás será verdad.
NO ME QUIERAS TANTO COMO PARA MENTIRME
Tengo amigos extraordinarios.
Y no voy a convertir esto en una entrega de premios dando nombres porque ellos saben perfectamente quiénes son.
Pero hay algo común a todos.
No intentan cambiarme para poder quererme.
Pueden discrepar conmigo.
Pueden pensar que estoy metiendo la pata.
Pueden enfadarse.
Pueden cuestionar una decisión.
Pueden decirme cosas que no quiero escuchar.
Pero jamás convierten su desacuerdo en una amenaza de abandono.
Eso es muy diferente.
Porque cualquiera puede acompañarte cuando eres la versión de ti que le resulta cómoda.
La prueba llega cuando mañana haces algo que esa persona jamás habría hecho.
Ahí descubres si te querían a ti o si querían su propia versión de ti.
Y yo cada vez quiero menos personas en primera fila.
Pero mejores.
QUIZÁ JIM ROHN TENÍA MÁS RAZÓN DE LA QUE PARECE
Vuelve a pensar en esas cinco personas.
No necesariamente las que más quieres.
Las que más habitas.
Pregúntate:
¿Quién soy después de una hora con ellas?
¿Más grande o más pequeño?
¿Más valiente o más asustado?
¿Más libre o más dependiente?
¿Me acercan a la persona que quiero ser o alimentan precisamente aquello que intento dejar atrás?
¿Puedo contarles una victoria sin tener que empequeñecerla?
¿Puedo contarles una derrota sin sentir que he perdido valor?
¿Me dicen la verdad?
¿Sé decirles yo la verdad?
Y quizá la pregunta más incómoda:
Si realmente nos convertimos un poco en las personas que tenemos cerca, ¿quiero parecerme a ellas?
Yo sé que hay partes de Hugo a las que sí.
Muchísimo.
Su capacidad de escuchar.
Su respeto.
Su elegancia para decir cosas difíciles.
Su lealtad.
Su manera de estar sin invadir.
Su capacidad para recordarme la tierra sin cortarme las alas.
Y eso también es una declaración de amistad:
me gusta quién soy cuando estoy contigo.
EL VERDADERO LUJO
Durante mucho tiempo confundimos lujo con cosas.
Quizá porque las cosas son fáciles de fotografiar.
Pero cumplir años va cambiando la definición.
Hoy me parece lujo tener a alguien delante de quien no tienes que actuar.
Lujo es llorar feo.
Lujo es poder decir he hecho una cagada monumental y que alguien responda:
Sí. Bastante grande. Ven.
Lujo es llamar después de meses y que la distancia no haya cobrado alquiler.
Lujo es una conversación sin móvil encima de la mesa.
Lujo es alguien capaz de escuchar.
Lujo es alguien capaz de contradecirte.
Lujo es alguien que conoce tu pasado y sigue interesado en conocer tu futuro.
Maya Angelou dejó una frase que explica quizá por qué recordamos a determinadas personas toda la vida:
“People will never forget how you made them feel.”
— Maya Angelou
Olvidamos conversaciones enteras.
Olvidamos restaurantes.
Viajes.
Regalos.
Fechas.
Pero hay personas cuyo efecto permanece en el cuerpo.
La tranquilidad que daban.
La risa.
La sensación de casa.
El permiso para ser tú.
QUINCE AÑOS DESPUÉS
Hugo y yo empezamos en una gala Michelin.
Quince años después hemos atravesado suficientes vidas como para saber que ninguna amistad importante sobrevive únicamente gracias al cariño.
Sobrevive gracias al respeto.
A la admiración.
Al humor.
A la verdad.
A las broncas bien puestas.
A saber aparecer.
A saber desaparecer cuando el otro necesita espacio.
A perdonar.
A volver.
Y sobre todo, a algo que quizá sea la forma adulta del amor:
seguir eligiendo.
Hoy también.
Hoy también soy tu amiga.
Hoy también puedes llamarme.
Hoy también voy a decirte la verdad.
Hoy también voy a celebrar que vueles.
Hoy también intentaré avisarte si veo que vuelas directamente contra un muro.
Hoy también estoy.
Eso, para mí, es un matrimonio.
No uno firmado.
Uno elegido.
HUGO
Gracias por estos quince años.
Por recorrer mundo.
Por la primera línea de batalla.
Por verme llorar.
Por hacerme reír cuando estaba convencida de que aquel día no tocaba.
Por regañarme.
Por aplaudirme.
Por empujarme.
Por sujetarme.
Por recordarme quién soy.
Por preguntarme antes de opinar qué lugar necesito que ocupes.
Por conocer tantas versiones de mí y no exigir que vuelva a ninguna de ellas.
Por hablarme con amor.
Por escucharme con respeto.
Por ser tan insoportablemente tú.
Y gracias por una cosa más:
por hacer que mi media sea mejor.
Porque si Jim Rohn tenía razón y terminamos pareciéndonos un poco a las personas con las que compartimos la vida, entonces una de las decisiones más importantes que podemos tomar no tiene nada que ver con dónde vivir, qué trabajo aceptar o cuánto dinero ganar.
Tiene que ver con a quién sentamos cerca.
Quién entra.
Quién permanece.
Quién tiene permiso para hablarnos cuando todos los demás callan.
Quién conoce nuestro miedo.
Quién protege nuestra libertad.
Quién nos recuerda nuestro nombre cuando nosotros mismos lo olvidamos.
Yo he tenido mucha suerte.
Tengo amigos que son familia.
Y tengo alguno que es incluso algo más difícil de explicar.
Un matrimonio sin matrimonio.
Un compañero de vida.
Un hogar en forma de persona.
Mi amigo.
Mi caballero.
Mi templo.
Te amo, Hugo.
Y si dentro de otros quince años alguien me pregunta qué hace que una amistad sobreviva a tantas vidas distintas, probablemente no sabré formular una teoría sofisticada.
Diré algo mucho más sencillo:
Nos dijimos la verdad.
Nos dejamos ser libres.
Y seguimos estando.
Quizá al final el amor sea exactamente eso.
Seguir estando sin dejar de dejar al otro ser.
